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Lo mejor está por llegar

sábado, junio 16, 2012

El umbral del miedo


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El miedo es nuestra reacción ante una amenaza real o imaginada. En el caso de una relación con un león, es más bien real, especialmente si el león ejerce la violencia física. Ante la aparición del miedo hay reacciones de diversa índole. Hay personas a las que el miedo les paraliza y hay otras que tienen el instinto de correr, gritar o incluso atacar. Sea como fuere, en ese proceso en el que un miedo intenso nos recorre el cuerpo, en realidad estamos invadidos de adrenalina.

La adrenalina es una sustancia química que producimos de forma natural y que nos prepara para la batalla: se contraen las pupilas, el corazón se acelera y el riego sanguíneo se concentra en las herramientas de batalla (músculos).
Ocurre algo también muy interesante y es que se cierra la conexión entre la memoria a largo plazo y la memoria a corto y esas reacciones, que son diferentes según las personas, suelen ser instintivas, no reflexionadas. Por eso a veces en una discusión decimos algo invadidos por la adrenalina de lo que luego nos arrepentimos, porque no es momento de ser prudentes sino de defenderse.

Cuando vivimos con un león, vivimos con dos tipos de miedo: el miedo intenso que he descrito anteriormente y otro miedo más relajado que sucede en períodos de paz, fruto de la amenaza constante de ser agredidos, de ahí que siempre estemos invadidos con pensamientos repetitivos, obsesionados siempre por las amenazas a las que estamos expuestos,  temiendo constantemente un futuro desesperanzador que normalmente tiene mucho que ver con la extrapolación de nuestro presente (no creemos posible que podamos salir del estado de fuga y ser libres).

El primer miedo, si se repite de forma continuada, nos destroza la salud y sus consecuencias más comunes son: problemas cardiovasculares, pérdidas de memoria y concentración, contracturas en cuello y espalda y en casos más extremos, cáncer.

El segundo miedo nos ataca al estómago principalmente y a todo el proceso digestivo.

Por estos motivos, se hace urgente, alejarse de la fuente que nos origina el miedo y debemos tener como objetivo conseguirlo… y se puede conseguir.
Pensemos en un león de verdad, con sus fauces y sus garras. Sabemos que son animales peligrosos, que comen otros animales y que tienen mucha fuerza y no podemos intuir cuándo va a tener hambre de nuevo por lo que no nos acercamos a él por si acaso.

Una gacela vive con un león y nunca sabe cuándo éste va a tener hambre.
Mientras no esté lejos de esa fuente que origina el miedo, existe una forma en que el miedo también puede relativizarse, lo que nos produciría cierto estado de relajación en esta situación de desamparo y vulnerabilidad.
Consiste en pensar que las situaciones violentas se producen hagas lo que hagas.

Es decir, que no existe nada que puedas hacer para que la violencia cese porque a veces un león puede reaccionar violentamente ante un sueño o un pensamiento que de repente le haya invadido y eso es algo que las gacelas no pueden controlar aunque intenten por todos medios evitar el daño.
Así, pues, como no tienes control sobre sus enfados, como siempre va a ocurrir por muy bien que intentes hacer las cosas… entonces desobedece… con cierta prudencia, por supuesto, pero traiciónale sin ningún miramiento (ahorra dinero en secreto, prepara tu fuga, habla con las personas que pueden ayudarte, conserva tus amigos…)… mientras estás preparándote para ser libre ya empiezas a sentir alivio.

Hay un momento de la relación violenta en el que te darás cuenta de que has llegado al umbral del miedo, es decir, que ya no puedes sentir más miedo por mucho que grite o amenace y, es más, hay un momento en que te das cuenta de que has aprendido a vivir con miedo… por tanto el miedo pierde su fuerza y es en ése momento en el que tienes que aprender a desobedecer y traicionar al león. Una vez cruzada esa barrera, empieza tu camino hacia la libertad.

¡Vence tu miedo y serás libre!