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Lo mejor está por llegar

sábado, noviembre 06, 2010

Los juicios a la ligera no ayudan.

Un día, un hombre que iba por la calle fue atracado a navaja. Tras lo ocurrido, el hombre denunció en la policía y cuando le contó su historia a la policía, éste le miró con compasión y le dijo: -Debe tener usted un nivel cultural muy bajo para haberse dejado atracar ¿verdad? Esta historia, que parece totalmente absurda, no es tan extraña. Lo viven las personas en estado de fuga, cuando hablan de su historia con cualquiera. Se les presupone de un nivel cultural bajo porque aguantan cosas que todo el mundo dice que no aguantaría. Deben ser tontas, las pobres y también deben ser de bajos recursos económicos y con unos tristes estudios porque todo el mundo sabe que en la universidad te enseñan a no aguantar a leones. Hace poco leí una historia de un hombre que de niño, durmiendo con su madre y una tía embarazada, ésta última tuvo un aborto. Desde entonces desarrolló una fijación. Tenía una fantasía reiterada en la que soñaba que una mujer desnuda le destripaba. Un día le escribió a una mujer una nota en la que le proponía que le destripara y que, si no lo hacía, él la destriparía a ella. Al final, la mujer acabó en la morgue con las tripas fuera. ¿De verdad en la universidad se le enseña a la gente a salir de esas situaciones tan peligrosas? A las gacelas se les exige que sean héroes, que salgan de sus matrimonios airosos y no aguanten un segundo a un león. Si no lo hacen es porque son tontas. Nadie se fija en el detalle de que muchas de ellas son agradedidas después de haberse divorciado. Aún así, estas gacelas siguen siendo consideradas unas pobres incultas. Esta falta de sensibilización se incrementa cuando el maltrato es psicológico. Dado que es un aspecto tan subjetivo (no lo voy a negar) se juzga con mayor violencia a la gacela que al león. Si no son mentirosas o manipuladoras es que son retrasadas mentales. Y esto es lo que hay. Las personas que sufren la violencia (sea mujer, hombre, niño o anciano) sufren dos violencias, el de quien la ejerce y el del resto de personas que no se preocupa en ponerse en su lugar.