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Lo mejor está por llegar

martes, diciembre 17, 2013

Miedo a ser gacela mala

Muchas veces aguantamos un insulto por no parar los pies al lenguaraz, recibimos un desprecio para no tener que ser nosotros quien hablemos, aceptamos la bofetada por no decir una verdad.... muchas veces, recibimos represalias por no dar pasos definitivos y eso ocurre porque tenemos pánico a incumplir las expectativas de los demás, miedo a traicionar, miedo a parecer malos. Por ese temor cedemos nuestros derechos. 

Con esa costumbre, la de despreciar nuestros propios derechos, estamos facilitando a los demás que los pisen y eso facilita la tarea a los maltratadores. Para colmo, aprendemos a ceder aún más por miedo a las represalias, a que se rompa la magia maravillosa que hay entre tú y tu león cuando no hay broncas. Por conservar la paz negociamos lo innegociable. 

Es increíble que para algunas personas es cada vez más fácil ser agresivos. Con los años se vuelven más violentos.... Sin embargo, para otras es cada vez más difícil gritar alto e impedir 
la violencia ajena. 

Pero ¿cómo frenar esa inercia tan terrible que nos impide ganarnos el respeto ajeno? ¿cómo imponernos de una vez por todas? ¿Cómo exigir que dejen de gritarnos o insultarnos? 


¿Cómo cambiar esta inercia?

Fuente de la foto

Sólo conozco dos formas de conseguirlo y las dos requieren constancia. Una de ellas es el entrenamiento verbal: consiste en crear frases defensivas y decirlas una y otra vez hasta que un día salen automáticas. Frases como: "eso lo puede decir sin gritarme", "no por ser borde conmigo va a conseguir que yo ceda", "si quiere hablarme tendrá que ser de buenas maneras"... frases que, sin agredir, permitan nuestra defensa, es decir, frases asertivas. 

La segunda forma consiste en imaginar que topamos con una persona violenta y entonces le contestamos con soltura aquello que en realidad se merece escuchar. Ese ejercicio continuo hace que cuando nos encontremos con una situación real ya estamos entrenados y capacitados para pararle los pies. 

Hay que hacer algo. No podemos vivir siempre recibiendo golpes. Es cierto que ser agresivo no es nuestro valor ni nuestro deseo. No tenemos que convertirnos en una gacela mala. Pero sí es nuestra obligación aprender a poner límites a las personas que nos hacen daño.