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Lo mejor está por llegar

sábado, junio 18, 2011

La caja de los truenos

Fuente de la foto (cuya visita además recomiendo)
Durante mucho tiempo se ha dicho que la violencia de la televisión es perjudicial para los niños televidentes. Que la visualización de la violencia puerde acarrear que el niño aprenda a justificarla y que es peligroso para su desarrollo futuro y sí, estoy de acuerdo, deberíamos vigilar lo que nuestro hijo visualiza en la televisión. Pero el problema es mucho más profundo que ése y también nos afecta directamente a los adultos.

Desde hace unos años, se han venido emitiendo unos programas de televisión cuyos intervinientes eran periodistas de la prensa del corazón y personajes objeto de esa misma prensa. La costumbre de estos programas es la de invitar a un personaje, colocarlo físicamente delante de una hilera de periodistas y lo último que hacen es enstrevistarle.

A partir del momento en que el personaje cobra dinero para sentarse en la palestra, es insultado, vilipendiado, vejado... y en definitiva, objeto de violencia verbal (le gritan, le ridiculizan, le acusan...). Al parecer esto satisface nuestro morbo, o puede, incluso que nos guste ver cómo se "pone en su sitio" a estas personas que a veces envidamos.

Cuando estos personajes han cobrado una sola vez por conceder una entrevista, los periodistas justifican su actitud poco acertada de faltarles el respeto de forma continua aludiendo que si una vez vendieron su intimidad ya no tienen derecho a peservarla. El derecho a tomar una mala decisión no existe para estos profesionales del insulto.

Los personajes, por otro lado, permiten ser objeto de esta violencia porque cobran por ello o creen que al cobrar por un espacio en televisión, deben permitir ser ridiculizados y tratados a gritos.

El caso es que los unos porque cobran, los otros porque se creen con el derecho de agredir y el resto que piensa que todo lo que ocurre en televisión sólo debe considerarse la consecuencia de una guerra de audiencias, se produce una violencia que es real y frente a la que permanecemos pasivos.

Los programas televisivos que llamamos realities en los que los cámaras se limitan a reflejar auténticas discusiones entre personas encerradas en un ámbito extraño, ya sea una isla o una casa, o aquellas en las que se producen humillaciones como el caso de dos mujeres que disputan a un granjero o dos madres de familia que se intercambian, nos enseñan violencia real, no ficticia como la de las películas. En esos programas no hay actores, hay personas que venden su dignidad por dinero y que otros le ponen precio a la humillación.

No deberíamos permitir eso. Ser simples testigos, incapaces de tener criterio para detectar la violencia, nos hace vulnerables. Cuando seamos nosotros el objeto de esa violencia no sabremos defendernos al no poder identificar la agresión.

Y realmente todos somos gacelas que en algún momento de nuestra vida topamos con un león... a veces durante unos minutos en la cola de un cine, a veces durante meses en nuestro puesto de trabajo y en las peores de las ocasiones puede durar demasiado tiempo.

Debemos aprender dónde se encuentra la violencia, identificarla en las frases humillantes que provienen de personas que no nos conocen en realidad y que emiten juicios de valor poco acertados. Debemos ser conscientes de que cuando aplaudimos la gracia de un chistoso que está ridiculizando a otra persona podríamos estar convirtiéndonos en cómplices.

Antiguamente, las abuelitas se sentaban en las plazas con sus agujas de punto a ver las ejecuciones o los escarnios públicos. Esto es más sofisticado, sólo se usa la palabra y el volumen en la voz... pero no deja de ser una ejecución pública y nuestro deber, por nuestro propio bien, es mirar con ojos críticos cuando delante de nosotros se está produciendo una vejación pública. 

Los siguientes podríamos ser nosotros.

fuente de la foto