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Lo mejor está por llegar

domingo, febrero 19, 2012

La cárcel, al final, cede


A veces, uno desea con todas sus fuerzas salir del infierno y no puede. Yo sé lo que es eso, lo he experimentado al vivir con un león que gracias al cielo ya no forma parte de mi vida, y me toca experimentarlo también en el trabajo porque, lejos de lo que se piensa, los leones proliferan como setas. En cuanto menos te lo esperas, ¡Zás! Caes en la red de uno.  Pero no puedes vivir siempre con ese miedo de que ocurra y sigues tratando con personas cruzando los dedos por detrás para que no sean lobos con piel de cordero… ocurre todos los días.

La  gente que no ha vivido con un león cree que si las gacelas no le dejan es que son estúpidas. Siempre digo que menos mal que piensan así porque eso quiere decir que no les ha tocado vivir con uno. El otro día escuché una anécdota de Ghandi que cuenta que una madre fue a visitarlo para pedirle que le enseñara a su hijo a no tomar azúcar. Ghandi le dijo que se pasara en una semana. Cuando se pasó en una semana, Ghandi logró convencer al hijo de aquella señora para no tomar azúcar. Llena de curiosidad, la señora le preguntó el motivo por el que Ghandi le había emplazado para una semana. Él le contestó: “hace una semana yo comía azúcar”.

¡Cuánta razón! Para dar consejos, hay que dejar de comer azúcar pero, evidentemente, no podemos pedirle a las personas encerradas en su ceguera que vivan con leones para comprenderlo, eso sería una crueldad, así que tendremos que conformarnos con hablar entre gacelas y rogarles a quienes tienen suerte de no haber topado con un indeseable león,  que al menos se limiten a escuchar que con eso nos vale. Con eso ayudan.

En un trabajo es fácil explicar, y a la vez entender, por qué nos sentimos atrapados y vemos muy difícil huir de los leones. La mayoría de las veces se trata de personas indeseables que no tenemos más remedio que aguantar porque nos pagan y nuestro alquiler, o hipoteca, nuestros pagos fijos del mes dependen de ello.  No es fácil encontrar otro trabajo (especialmente en estos tiempos) y además suele suceder que en ese trabajo antes éramos felices, se reconocía nuestra labor, teníamos cierto éxito y, de repente, algo cambia y el lugar donde éramos felices se convierte en la causa de nuestra infelicidad. Si nos vamos, no sólo perderemos el salario sino todo lo caminado, todo lo ascendido, nuestra antigüedad, nuestras bonificaciones por nuestros éxitos del pasado.  De repente, un león, un sinvergüenza, un delincuente laboral, decide que nuestra libertad vale nuestro salario y no hay salario que pague nuestro sufrimiento.

A veces, se desea escapar con tanta fuerza y se siente uno tan atrapado, que vivimos con la angustia de no poder escapar de nuestra prisión, pagada con un salario o pagada con un amor rastrero por el que dudamos siempre lo que deberíamos hacer. Hacemos un amago de escaparnos y luego volvemos y durante un tiempo nos arrepentimos fuertemente de todas las oportunidades que se nos han presentado en las que deberíamos haber tomado la decisión de huir y no hemos podido hacerlo por una u otra razón.

Sin embargo, debes pensar que todos esos intentos no han sido en vano. Te han ayudado para saber que hay momentos en que coges fuerza y un día te vas de casa y que uno de esos intentos puede llegar a ser definitivo.

Si te enfadas con tu león y te vas, y al cabo de las horas o los días vuelves con la fiera, no te lamentes por no haber sido determinante. Sólo analiza lo ocurrido, lo que has necesitado para ser fuerte, escribe en un papel o en tu ordenador en qué has fallado y entonces trabaja en conseguir lo que te falta para no fallar la próxima vez.

Ninguna huída es imperfecta aunque no sea definitiva.

La cárcel, como digo en el título de este artículo, al final cede a base de golpes, a base de intentarlo una y otra vez, a base de aprender de nuestros errores. No te autocastigues por no haberlo conseguido, no te consideres débil. Al contrario, sobrevives, sigues aquí, estás en este mundo todavía, y eso es ser fuerte y tú más que nadie sabes sobrevivir en un infierno que no todo el mundo comprende, así que todos los intentos valen, todos son peldaños de una escalera que te llevará a otro estadio. ¡No te lamentes por los fracasos! Los fracasos son caminos cortados que te empujan a buscar otros caminos. 

Lamentablemente, en caso de acoso laboral, el tema cambia porque no tenemos a nuestro favor ese ensayo-error que ocurre cuando el león está en casa. Si nos vamos, sencillamente, entramos en bancarrota. Pero eso ocurre porque lo hemos hecho muy mal en nuestras vidas, y yo también me incluyo. Sólo tenemos una fuente de financiación y es la del trabajo. Para esa fuente ponemos toda nuestra energía: nuestra formación, nuestra salud, nuestro interés, nuestras lecturas… quizá sea el momento de empezar a ser infiel a nuestra empresa generando otra fuente de financiación para que nunca más volvamos a sentirnos como esclavos. Es el momento de buscar otra manera de conseguir ingresos para que, cuando nuestras nuevas ganancias nos den libertad, abramos la puerta de nuestras celdas con la mejor de nuestras sonrisas. Y de la misma manera que invito a las gacelas enamoradas de leones a que intenten huir una y otra vez sin lamentarse de los fracasos, también invito a las gacelas empleadas por leones a que intenten una y otra vez, un negocio alternativo para que su segunda fuente de financiación le permita retratar al león llegado el momento.

¿Lo intentamos otra vez?

Fuente de la foto

La cárcel, al final, siempre cede